Hoy desayunamos en SOMA. Y sí, lo digo sin dudar: fue uno de los mejores desayunos que he probado en Guanajuato en mucho tiempo.
Abrieron apenas el miércoles pasado, pero ya suenan como si llevaran años entre nosotros. Quizá porque ofrecen algo que la ciudad ha extrañado: un desayuno auténtico, servido temprano —desde las 7:30 a.m.—, en un momento en que la mayoría de los lugares aún duermen o se preparan para abrir.
Lo pedimos clásico: chilaquiles en salsa negra, dos huevos volteados y, lo que marcó la diferencia, unos frijoles negros hechos desde cero. No de lata, no rehechos, sino con ese sabor que recuerda a la cocina de casa, a la olla que burbujea desde temprano. Aquí, donde casi todos sirven frijoles bayos, encontrar negros bien hechos es como volver a desayunar con los tuyos.
La carta es equilibrada, sin florituras innecesarias, pero con alma. El café, traído de Coatepec, Veracruz, tiene cuerpo, aroma y ese carácter que distingue al buen grano mexicano. Y la atención… impecable. Atenta, natural, sin prisas ni protocolos forzados.
Guanajuato es hermosa, viva, cambiante. Pero también efímera en su oferta gastronómica: hoy abre un lugar con promesa, mañana ya no está. Por eso, cuando aparece algo como SOMA —con raíces, sabor y sentido— hay que celebrarlo… y recomendarlo.
Si estás por aquí, no te lo pierdas. Ve temprano. Pide los chilaquiles. Prueba los frijoles. Y déjate llevar por la sensación de que, al menos por esta mañana, todo está en su lugar.

