Después de varios intentos —y antojos postergados—, finalmente llegamos a Panatix.
Entramos pensando en un pan y un cafecito… y salimos con la certeza de que volveremos muy pronto.
Nada prepara mejor el día que el aroma del pan recién horneado. Y en Panatix, ese olor te envuelve desde la puerta: harina tostada, miel, canela, plátano… y algo más difícil de nombrar, pero que sabe a cuidado.
Cuatro jóvenes elaboran cada pieza ahí mismo, con calma, sin prisa.
Pedimos la recomendación de la casa… y qué acierto.
El “Huevos Panatix” —huevos estrellados sobre un espejo cremoso de tomate rostizado, prosciutto crujiente y pan campesino tostado— fue una revelación de equilibrio y sabor. Solo le faltó un toque de picante… pero eso ya lo sabemos para la próxima.
Probamos el croissant doble horneado de almendra y mezcal (sí, ¡mezcal!) y la croncha de chocolate. Ambos, ricos, generosos, hechos con intención. Pero ya anotamos en silencio: próxima visita = croissant de plátano y chocolate.
El lugar es impecable: limpio, luminoso, bien ubicado.
La atención, cálida y natural.
Sobre el café: correcto, aunque en lo personal creo que podrían explorar opciones con más cuerpo y aroma. Pero, como dicen, en gustos se rompen géneros… y esta es solo mi impresión.
Por todo lo demás —la comida, el ambiente, la dedicación—, Panatix se lleva un 5/5 sin dudarlo.
Anotación mental al salir:
“Volveremos pronto. Con más tiempo… y más hambre.”