León, Guanajuato, 30 de enero de 2026.— En la comunidad indígena otomí de El Llanito, Dolores Hidalgo, la cocina no es solo oficio: es ceremonia, memoria viva y diálogo con la naturaleza. Allí, Eusebia Godina Ramírez resguarda un legado culinario transmitido de generación en generación, donde cada ingrediente, hierba y gesto tiene un propósito espiritual y comunitario.
Desde niña, Eusebia aprendió de su abuela y su madre a preparar los sabores que definen su identidad. “Desde chiquita empecé a aprender a preparar varios sabores”, recuerda. Para ella, cocinar va más allá de la técnica: es un acto de equilibrio entre sazón, hierbas aromáticas y respeto por los ciclos de la tierra.
Su repertorio se nutre de hierbas de olor como tomillo, mejorana, hierbabuena, orégano, laurel y cilantro, así como plantas medicinales como el árnica y la Santa María. Cada una se cosecha con permiso a la madre tierra y se utiliza con conocimiento ancestral. “Hay que saber cómo y cuándo usarlas. De ahí nace el sabor que ofrecemos”, explica.
Pero el verdadero secreto de su sazón es el amor y la intención. “Cocinar implica disposición, paciencia y prueba constante hasta lograr el punto exacto”, dice. Y cuando alguien le dice “está bien rico”, siente que ese amor regresa multiplicado.
Uno de los tesoros que custodia es la tortilla ceremonial otomí, elaborada con un sello de madera heredado: de su bisabuela a su abuela, de su madre a ella. Este sello no solo imprime un diseño, sino un significado sagrado. Se usa en rituales comunitarios, especialmente el 4 de enero, día del Señor San Salvador, Consuelo de los Afligidos, santo patrono de El Llanito.
Ese día, la comunidad agradece el año concluido y pide bendiciones para el nuevo ciclo. Antes de compartir los alimentos, se realiza la bendición de los cuatro vientos, un ritual en el que se pide permiso al aire, al fuego, a la tierra y al agua. “De la tierra venimos y de ella dependemos”, afirma Eusebia, sintetizando una cosmovisión en la que el maíz, el frijol y el fogón son sagrados.
Además de su labor individual, Eusebia forma parte de un colectivo de 15 cocineras tradicionales que se unieron para rescatar recetas en peligro de desaparecer. “Decidimos unirnos para que nuestras recetas no desaparezcan. Es un trabajo muy bonito”, señala.
La historia de Eusebia Godina Ramírez es un testimonio vivo del patrimonio intangible de Guanajuato. En cada tortilla sellada, en cada hierba recolectada y en cada ritual compartido, se preserva la identidad otomí y se teje un puente entre lo ancestral y lo contemporáneo —un legado que alimenta no solo el cuerpo, sino también el espíritu.