Discretamente ubicado en una de las zonas más tranquilas del centro histórico de San Miguel de Allende, el Templo de Santa Ana es un testimonio arquitectónico único que refleja una de las tradiciones religiosas más extraordinarias de la época colonial: los beaterios. Este pequeño pero hermoso templo neoclásico, inaugurado en 1847, conserva una historia fascinante sobre la vida espiritual femenina en el México del siglo XVIII y XIX.
La historia de este templo comienza a finales del siglo XVIII, cuando el padre filipense Hipólito Aguado fundó un beaterio dedicado a Santa Ana, madre de la Virgen María. Las “beatas” eran mujeres devotas que, sin haber profesado votos religiosos formales, vivían en comunidad bajo principios de pobreza, oración y servicio. Este beaterio funcionaba como un hogar espiritual y residencia para estas mujeres que habían elegido dedicar sus vidas al servicio divino sin la estructura formal de un convento de clausura.
El templo que admiramos hoy fue construido en 1847 como parte del complejo del beaterio, siguiendo un diseño neoclásico sobrio en su exterior que contrasta bellamente con la riqueza de su interior. Sus paredes están decoradas con una amplia variedad de pinturas y esculturas, destacando especialmente su altar mayor cubierto en hoja de oro donde se venera a la Sagrada Familia. Su bóveda de cañón lisa, sin cúpula, y su sencillo campanario crean un ambiente de recogimiento que invita a la contemplación silenciosa, recordando el espíritu de devoción que caracterizó a las beatas que una vez habitaron este lugar sagrado.