Guanajuato, Gto. Las esculturas de Don Quijote y Sancho Panza en Plaza Allende suelen asumirse como parte natural del paisaje. Están ahí, firmes, integradas al ritmo cotidiano de la ciudad. Sin embargo, su presencia no fue inevitable ni sencilla. A 50 años de su instalación, su historia revela un proceso marcado por decisiones técnicas, improvisación y una carrera contrarreloj que definió uno de los símbolos más reconocibles de Guanajuato Capital.
Las piezas, obra del escultor Víctor Gutiérrez Guerra, fueron concebidas en el contexto del fortalecimiento del Festival Internacional Cervantino, que en 1977 celebraba su quinta edición. En ese momento, el proyecto cultural buscaba consolidar una identidad visual y simbólica que dialogara directamente con la obra de Miguel de Cervantes. La colocación de estas esculturas ecuestres no fue un gesto decorativo, sino una decisión estratégica dentro de la construcción cultural de la ciudad.
Originalmente, se pensó en instalar las esculturas en la zona de Los Pastitos, uno de los accesos principales de Guanajuato. Sin embargo, tras montar la base y realizar pruebas de ubicación, se concluyó que el sitio no ofrecía las condiciones necesarias para apreciar la composición completa de las figuras. La escala, la perspectiva y la relación con el entorno resultaban inadecuadas. Fue entonces cuando surgió una alternativa que cambiaría el destino de las piezas: Plaza Allende.
La decisión implicó comenzar prácticamente de nuevo, pero con un factor crítico: el tiempo. Faltaban menos de diez días para la inauguración del V Festival Internacional Cervantino. El compromiso ya estaba hecho y las esculturas debían estar listas para ese momento. Sin el respaldo operativo inmediato de la Secretaría de Obras Públicas, el equipo responsable optó por avanzar con los recursos disponibles, trabajando sin interrupciones.
El traslado de las esculturas fue, en sí mismo, una operación compleja. Debido a sus dimensiones y al trazado irregular de las calles de Guanajuato, fue necesario recurrir a un tráiler de cama baja y diseñar una ruta alternativa: carretera panorámica, Paseo de la Presa, descenso por Las Embajadoras y finalmente Plaza Allende. Para permitir el acceso del vehículo, se construyeron rampas provisionales de tierra, una solución práctica ante la falta de infraestructura adecuada.
Las piezas llegaron desmontadas, pero aun así el montaje representó un reto técnico considerable. Se utilizaron estructuras metálicas, poleas y cables de acero en un sistema que hoy podría parecer elemental, pero que en ese momento fue suficiente para ejecutar la maniobra. El trabajo avanzó durante todo el día, hasta que, entrada la madrugada, el agotamiento obligó a detener las labores, dejando las esculturas parcialmente ensambladas.
Fue entonces cuando un grupo reducido —integrado por ingenieros, funcionarios y personal de apoyo— decidió continuar. Durante la noche se realizó el colado de la zapata que soportaría la estructura, una tarea que requería precisión para garantizar la estabilidad de las figuras. Al día siguiente, con el tiempo encima, se completó el montaje. Incluso cuando uno de los cables de acero se rompió durante la maniobra, el proceso logró concluir sin incidentes mayores.
Cerca de las siete de la mañana, tras más de 24 horas de trabajo continuo y la participación de alrededor de 50 personas, las esculturas quedaron instaladas. Posteriormente se integraron elementos como iluminación, áreas verdes y acabados en piedra que terminaron de configurar el espacio.
La inauguración del V Festival Internacional Cervantino se realizó en ese mismo lugar, con la presencia de Carmen Romano de López Portillo, entonces presidenta de la Comisión Consultiva del festival. A partir de ese momento, las figuras de Don Quijote y Sancho Panza dejaron de ser un proyecto para convertirse en parte activa de la ciudad.
El testimonio de este proceso se conserva en archivos personales como el del ingeniero Guillermo Smith Guerrero, cuyas imágenes documentan no solo la instalación de dos esculturas, sino el trabajo colectivo que hizo posible materializar una idea en tiempo récord. En esas fotografías se observa algo más que una obra en construcción: se registra una forma de hacer ciudad.
A cinco décadas de distancia, las esculturas mantienen su vigencia como referente cultural y urbano. Han resistido el paso del tiempo, los cambios en la ciudad y la evolución del propio festival. Su permanencia no es casual; responde a una combinación de decisiones técnicas, contexto histórico y voluntad colectiva.
Más que un homenaje literario, estas figuras representan un momento específico en el que Guanajuato consolidó su identidad cervantina. Recordar su origen permite entender que los símbolos urbanos no surgen espontáneamente: se construyen, se discuten y, en ocasiones, se levantan a contrarreloj.



