A poco más de una hora de Guanajuato capital, Peralta conserva las huellas de una sociedad que construyó grandes plazas, organizó su territorio y convirtió la arquitectura en una herramienta de poder. Recorrerla es acercarse a una historia que todavía tiene preguntas abiertas.
Hay lugares que no se conocen de paso. Se caminan.
Esta mañana salimos de Guanajuato capital rumbo al Bajío, invitados por la Secretaría de Cultura de Guanajuato, para conocer Peralta, una de las zonas arqueológicas del estado abiertas al público.
Antes de comenzar el recorrido, el equipo encargado de la visita explicó la dinámica y lo que encontraríamos en el sitio. Después comenzó la caminata hacia las estructuras, acompañados durante el recorrido por una especialista en arqueología.
A medida que avanzamos, el paisaje empieza a cambiar. Las construcciones aparecen entre el terreno y permiten dimensionar que Peralta no fue un conjunto aislado, sino parte de un territorio mucho más amplio.
Y entonces aparece La Mesita.
La Mesita y una plaza monumental
La estructura mide más de 170 metros por lado y alrededor de ocho metros de altura. Su nombre no corresponde al nombre prehispánico del lugar —que hoy no conocemos—, sino a la manera en que la comunidad identificó este espacio en tiempos posteriores.
La explicación durante la visita permitió entender por qué.
En el interior de La Mesita se encuentra una enorme plaza, una característica que distingue a buena parte de la arquitectura del Bajío.
A diferencia de otros sitios arqueológicos de Guanajuato, donde las características arquitectónicas y las posibles funciones de los espacios son diferentes, en Peralta las grandes plazas ocupan un papel fundamental.
Pero la pregunta más interesante no es solamente cuánto mide.
Es para qué servía.
La interpretación arqueológica compartida durante el recorrido apunta a que Peralta fue un importante centro político y administrativo del Bajío. Desde este lugar se habría ejercido control sobre otros conjuntos arquitectónicos distribuidos alrededor del cerro.
En la ladera norte se han identificado más de 20 conjuntos arquitectónicos, aunque una parte importante permanece sin explorar.
La analogía utilizada durante la visita resulta fácil de entender: Peralta habría funcionado de manera semejante a una cabecera que concentraba y organizaba la actividad de otros asentamientos.
Una plaza que podía escuchar y ser escuchada
Ya dentro de La Mesita aparece uno de los detalles más sorprendentes del recorrido.
La acústica.
No había micrófonos. No existían sistemas de amplificación. Sin embargo, la configuración de la plaza permitía que quienes hablaban desde determinados puntos fueran escuchados por grandes concentraciones de personas.
La explicación arqueológica es importante porque evita convertir este fenómeno en algo sobrenatural.
No se trata de magia.
Es arquitectura y conocimiento constructivo.
La disposición de los espacios permitía que la voz viajara de una manera particularmente eficiente. Durante la visita se recordó incluso una experiencia realizada con motivo de la apertura de la zona al público: alrededor de 2 mil personas llegaron para un evento y, pese a que el espacio no se encontraba completamente ocupado, la acústica permitió escuchar con claridad.
La plaza, por tanto, no necesariamente debe entenderse como un espacio exclusivamente ritual.
Su configuración apunta también hacia funciones políticas, administrativas y cívicas, capaces de reunir a grandes grupos.
El poder también se construía
La arquitectura de Peralta ofrece otra pista.
Mientras la plaza podía recibir grandes concentraciones, las partes superiores de las estructuras tenían accesos mucho más restringidos.
Las áreas habitacionales asociadas a los basamentos estaban vinculadas con los grupos que gobernaban y administraban la región.
La diferencia entre unos espacios y otros habla de una sociedad con distintos niveles de acceso.
No todos podían estar en todas partes.
Y esa misma característica explica una de las decisiones de conservación que el visitante encuentra actualmente.
Las estructuras prehispánicas no fueron construidas para recibir el tránsito constante de miles de personas.
Una construcción que originalmente podía ser utilizada por un grupo reducido durante determinados momentos del año enfrenta un desgaste completamente diferente cuando recibe visitantes todos los días.
Por eso algunas áreas permanecen restringidas.
Conservar también significa decidir por dónde podemos caminar.
Una historia que comenzó hace más de mil años
La temporalidad mencionada durante la visita sitúa el auge de Peralta aproximadamente entre los años 350 y 750 d.C., con un proceso de abandono hacia el año 900.
Después, la historia del sitio se vuelve mucho más difícil de reconstruir.
Uno de los grandes problemas para conocer los nombres originales de estos asentamientos es la ruptura de la tradición oral.
Los grupos que construyeron y habitaron estos espacios terminaron desplazándose hacia otras regiones y, con ello, se perdió la transmisión de información de una generación a otra.
Por eso tampoco es posible asignar automáticamente a Peralta un nombre indígena conocido en épocas posteriores.
La explicación es importante: los grupos que llegaron a habitar Guanajuato siglos después no necesariamente fueron los mismos que construyeron estos centros.
La arqueología debe reconstruir esa historia a partir de los materiales, la arquitectura, los fechamientos y las relaciones que pueden establecerse entre diferentes sitios.
Peralta no estaba aislada
Las grandes plazas del Bajío no deben entenderse como una característica desarrollada en completo aislamiento.
Durante la visita se explicó que existen evidencias de intercambio con otras regiones: el sur, el Golfo, el norte e incluso áreas de Centroamérica.
Las personas viajaban y, con ellas, también circulaban ideas, materiales y formas de construir.
La presencia de determinados materiales arqueológicos permite estudiar esas conexiones, aunque la propia investigación obliga a ser cuidadosos antes de afirmar exactamente de dónde procedía un objeto.
Esa cautela es parte fundamental del trabajo arqueológico: una hipótesis no se convierte en certeza simplemente porque parezca lógica.
Gobernar también era alimentar
Quizá una de las ideas más reveladoras de la visita fue entender que ejercer el poder sobre una población numerosa implicaba mucho más que controlar políticamente a las personas.
Había que alimentarlas.
Había que producir.
Había que almacenar.
Había que conseguir materiales.
Había que negociar.
Si un centro podía concentrar a miles de personas, también necesitaba una estructura capaz de sostener esa población.
La agricultura era fundamental, pero no era el único recurso. La cercanía del río Lerma permitía complementar la alimentación mediante la pesca, mientras que el territorio ofrecía otros recursos y materias primas.
También existía la necesidad de obtener materiales para fabricar herramientas y armas, como la obsidiana.
Así, el poder de estos centros no puede entenderse únicamente desde sus grandes construcciones. También estaba relacionado con su capacidad para organizar recursos, producción, intercambio y territorio.
El Bajío, además, mantiene una vocación productiva que atraviesa el tiempo. Durante la visita se planteó la idea de esta región como un granero, una condición relacionada con sus características naturales y que tiene antecedentes desde épocas prehispánicas.
Lo que todavía no sabemos
Quizá lo más interesante de recorrer Peralta sea descubrir que la arqueología no tiene todas las respuestas.
No se han identificado de manera concluyente las deidades a las que estaban dedicados sus templos.
Tampoco existen, hasta ahora, estudios arqueoastronómicos suficientes para confirmar algunas hipótesis relacionadas con la orientación de las estructuras y determinados momentos del año.
Una posibilidad planteada durante la visita relaciona ciertas orientaciones con el invierno y con una posible complementariedad entre Peralta y otros sitios, pero la propia explicación fue clara: hacen falta estudios para corroborarlo.
Lo mismo ocurre con otros aspectos de la vida cotidiana.
Cuando una estructura es excavada, cada capa de tierra puede contener información sobre diferentes momentos de su historia. Alterar ese contexto significa perder información que puede tardar siglos en recuperarse —o que simplemente ya no puede recuperarse—.
Por eso la excavación arqueológica requiere método, continuidad y cuidado.
Un sitio que todavía no termina de revelarse
Peralta ocupa un polígono interior de aproximadamente 30 hectáreas, de acuerdo con el dato compartido durante la visita, aunque la superficie exacta de los monumentos actualmente abiertos al público puede variar y requiere actualización.
Y más allá de las estructuras que hoy podemos recorrer existe otro Peralta.
El cerro conserva otros conjuntos arquitectónicos dentro del polígono de protección, pero buena parte de ellos todavía no ha sido explorada.
Eso significa que la historia que conocemos es, necesariamente, una historia incompleta.
También existe otra capa de tiempo.
Después del abandono prehispánico, estos espacios fueron reutilizados por comunidades posteriores. Algunas estructuras formaron parte de terrenos ejidales y tuvieron diferentes propietarios y usos.
En determinados momentos, incluso se reutilizó piedra de las antiguas construcciones para levantar bodegas u otras instalaciones.
Algunas escalinatas que actualmente permiten el acceso tampoco corresponden necesariamente a la configuración original. Fueron incorporadas posteriormente para facilitar el tránsito y evitar afectar las estructuras prehispánicas que todavía se conservan.
La historia de Peralta, por tanto, no termina con el abandono de sus antiguos habitantes.
Continúa con quienes regresaron, reutilizaron sus materiales, caminaron sobre sus estructuras y, finalmente, con quienes comenzaron a estudiarlas y protegerlas.
Caminar para entender
Al salir de La Mesita, queda una sensación difícil de obtener únicamente leyendo sobre el sitio.
La escala de las estructuras, la dimensión de las plazas y el paisaje permiten comprender algo que las cifras por sí solas no pueden explicar: Peralta fue parte de una organización social compleja, conectada con un territorio productivo y con otras regiones.
Y todavía queda mucho por descubrir.
En Guanajuato existen alrededor de 1,600 sitios arqueológicos registrados, pero solo cinco se encuentran abiertos al público. Peralta es uno de ellos.
Visitarlo significa acercarse a una historia que comenzó hace más de mil años, pero también entender que el patrimonio arqueológico no es una fotografía congelada del pasado.
Es un territorio que continúa siendo investigado, protegido e interpretado.
Porque cada estructura puede responder una pregunta.
Y también puede abrir muchas más.
Hay historias que no se cuentan: se caminan.
Descubre Peralta.
Guanajuato, el origen de México.

