Bajo las aguas serenas de la Presa Solís descansa un legado milenario; sobre sus orillas, en Nuevo Chupícuaro, late con fuerza la memoria de quienes moldearon una de las culturas más influyentes del México antiguo. Chupícuaro —cuyo nombre purépecha evoca el azul intenso de la planta chupicua, traduciéndose como “Lugar Azul”— fue cuna de una sociedad pionera que floreció entre el 600 a.C. y el 250 d.C. en el valle del Lerma, sentando las bases de la vida agrícola en el centro-norte mesoamericano. Hoy, reconocido como Encanto de Guanajuato por su vocación cultural y ancestral, este rincón de Acámbaro invita a descubrir las raíces más profundas del estado.
Localizada a apenas 7 kilómetros de Acámbaro, la antigua zona arqueológica se extendía por las lomas cercanas al río Lerma y su afluente Coroneo (o Tigre), territorio hoy parcialmente sumergido tras la construcción de la Presa Solís entre 1946 y 1949. No obstante, su espíritu pervive en las comunidades ribereñas y en los vestigios que emergen de la tierra. Los primeros pobladores —nómadas chichimecas de los grupos guamares y guachichiles provenientes de San Luis Potosí— transformaron este valle fértil en un centro de innovación: cultivaron maíz, chile y tomate silvestre; practicaron la caza, la pesca y la recolección; y dejaron testimonio de su vida cotidiana en metates y molcajetes de piedra que aún narran historias de manos ancestrales.
La grandeza de Chupícuaro reside en su legado cerámico, considerado entre los más originales y estéticamente refinados del Preclásico mesoamericano. Sus alfareros dominaron el arte de los colores brillantes y las formas policromas, creando vasijas, figurillas y objetos rituales que irradiaron influencia hasta Michoacán, Jalisco y Querétaro. Las excavaciones pioneras realizadas entre 1927 y 1956 por los arqueólogos Enrique Juan Palacios, Ramón Mena y Porfirio Aguirre revelaron una complejidad sorprendente: más de una docena de estructuras piramidales dispuestas sobre un basamento oval, tumbas con ofrendas funerarias, altares y un vasto repertorio de cerámica roja característica que hoy define su identidad visual.
Aunque gran parte del sitio original descansa bajo las aguas del embalse, el legado chupicuarense permanece vivo y accesible. En Nuevo Chupícuaro, el Museo Etnográfico y Arqueológico “Fray Bernardo Padilla González” resguarda una colección de 1,266 piezas arqueológicas y 200 etnográficas que narran la evolución de esta cultura desde sus orígenes hasta su influencia regional. A pocos kilómetros, el Museo Histórico de Acámbaro amplía esta narrativa con cerca de cinco mil objetos que testimonian la riqueza material y simbólica de quienes habitaron estas tierras hace más de dos milenios.
Visitar Nuevo Chupícuaro es mucho más que un recorrido histórico: es una inmersión en la cosmovisión de los primeros pobladores de Guanajuato. Aquí, la cerámica roja no es solo artefacto museográfico; es presencia viva que se refleja en las manos de los alfareros locales, en los sabores de la gastronomía tradicional y en las festividades que mantienen vigente el diálogo entre pasado y presente. Este Encanto no celebra ruinas abandonadas, sino una herencia en constante renacimiento.
Ven a descubrir por qué Chupícuaro fue semilla de civilización en el Bajío. Camina por sus calles donde el aire aún guarda ecos de tambores ancestrales; contempla las piezas que desafiaron el tiempo; y déjate envolver por la serenidad de un pueblo que, aunque perdió su geografía original bajo las aguas, nunca perdió su alma. En Nuevo Chupícuaro, cada visita es un acto de memoria; cada recuerdo, una semilla para el futuro.
